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José Asunción Flores y la Guaranía, en la reflexión de Roa Bastos

Para recordar el Día de la Guarania, rememoramos una histórica disertación de Augusto Roa Bastos sobre el origen y la evolución de esta melodía. El laureado escritor en la década del 40 explicaba los antecedentes de la música paraguaya hasta llegar a José Asunción Flores y la Guarania. En esta entrada, además, la biografía de Flores y algunas guaranias.

20Medios – Asunción/27/Agosto/2012

Cada 27 de agosto se recuerda el Día de la Guarania, en homenaje al nacimiento de su creador José Asunción Flores (1904-1972). 20 Medios presenta este material en el que se incluye una reflexión de Roa Bastos, la biografía de Flores y las guaranias más conocidas.

“José Asunción Flores” se titula el libro de Catalo Bogado Bordón, en el que esboza en un capítulo una exposición de Roa Bastos que habla de la Guarania. El texto fue rescatado por PortalGuarani.com

Se explica que con motivos de la visita, a principio de la década del 40, de José Asunción Flores al Paraguay, el Ateneo del Centro de Estudiantes de Medicinas de Asunción organizó un acto público, en cuya oportunidad el escritor Augusto Roa Bastos pronunció la interesante disertación sobre el surgimiento y evolución de la Guarania.

La Revista Paraguay, órgano de la Agrupación Folclórica Guaraní, presidida por Flores en aquél entonces, publicó en su edición N° 7 – febrero de 1944 – la extensa disertación de Roa Bastos, quien detalladamente enumeró los antecedentes de la música en el Paraguay hasta llegar a Flores y la Guarania.

Esta disertación fue, tal vez, la primera que trató seriamente de explicar, lo que señala el título, EL ORIGEN Y LA EVOLUCIÓN DE LA GUARANIA. Aquí fragmentos de la disertación de Roa Bastos:

Para explicar aproximadamente la magnitud de la labor de José Asunción Flores, sus proyecciones sobre nuestro medio cultural y la singular calidad de precursor y director de este considerable movimiento estético que le confiere dicha labor, convendría examinar primeramente, en breves términos, los orígenes de nuestra cultura musical. Luego, debería esbozarse un esquema determinado por las circunstancias que tuvieron mayor influencia sobre la evolución de esta cultura.

Debe quedar establecido, en primer lugar, que no existieron nunca archivos musicales ni trabajo de recopilación ni de investigación seria. Sólo de tarde en tarde han podido sorprenderse, en el venero de la tradición popular o indígena, cierto esguinces rapsódicos que muy, muy desvaídos, tampoco pudieron servir como fundamento para la elaboración de teorías convincentes. La carencia absoluta de datos y referencias históricas, excepción hecha de las aportaciones legadas por los misioneros jesuitas, sumamente confusas y vagas, impidió, pues, que se pudiera llegar a escribir la historia musical de nuestro país. A este respecto, Juan Natalicio González afirma: ” Todavía no se ha realizado un estudio serio sobre el origen de la música paraguaya”. Y Antonio López Decoud dice a su vez: “La historia de nuestro pueblo, su Folklore, está apenas esbozado, ya que pocos han sido los escritores, extranjeros en su mayoría, los que se han ocupado en la descripción de las costumbres propias”.

Un hecho, sin embargo, resalta claro. En él coinciden casi todos los historiadores que se han ocupado de la vida colonial hispanoamericana: la singular afición que tenían a la música los guaranies.

Esta característica permitió a los catequizadores españoles lograr más rápidamente el sojuzgamiento espiritual de los indígenas por medio de una adecuada enseñanza musical. Si bien el P. Hernández aduce que esta cualidad de los indios guaraníes se manifestaba más bien en el sentido de ser ellos buenos ejecutantes aunque no compositores, nuestro Juan Carlos Moreno González, en un enjundioso ensayo sobre la “Música de América”, afirma. Esto que resulta, a mi modo de ver, una conclusión lógica e inobjetable: “La historia, pues, nos habla con elocuencia sobre las extraordinarias facultades musicales de los guaraníes. Y cabe preguntar: ¿es posible admitir que estas facultades hayan sido adquiridas repentinamente, por medio de la enseñanza, sin existir de por medio un amplio proceso evolutivo en la educación del oído? Es, pues, necesario llegar a la conclusión de que la facilidad musical -tan ponderada por los misioneros- era el resultado de una evolución a través de varias edades. Es decir, el indio poseía la música, la entendía, la sentía como un instinto atávico…

Una prueba también incontestable en este sentido son las numerosas danzas que para sus diferentes ceremonias tenían, tantos los guaraníes del Paraguay, como los tupíes del Brasil y los chiriguanos del Parapití, tres ramas pertenecientes al mismo tronco étnico.

Entre los chiriguanos, hoy reducidos por los misioneros de San Francisco, todavía se practican algunas danzas como la “Mbapá-pauré” y la “Ayarisé”, con sus correspondientes acompañamientos musicales. Estas músicas, aunque su antigüedad pueda discutirse, ofrecen ya una perspectiva para la comprensión de la psicología musical del indio.

Ahora bien, sentada la premisa de la extraordinaria facultad que tenían los guaraníes para el aprendizaje y la ejecución de la música, cabe suponer con fundamentos que la enseñanza impartida por los misioneros habría arraigado hondamente en la evolución musical de la raza. Se admite Se admite que el Coadjutor Luis Berged, belga, gran citarista, fue uno de los primeros maestros que tuvieron los guaraníes y algunos, el P. Hernández entre ellos, dan en creer que sus partituras quedaron en poder de los indios.

MÚSICA GRAVE Y CADECIOSA. En un principio, los misioneros debieron haber enseñado exclusivamente música clásica religiosa. El P. CARDIEL dejó escrito que, la música de misas, Vísperas solemnes, himnos, cte., Alemania e Italia. ¿No sería, acaso la reminiscencia de esta música grave y cadenciosa la que aparece ahora en la línea melódica de la guarania con reiterada insistencia? Hemos de verlo más adelante.

Sólo posteriormente pudieron infiltrarse poco a poco en el ambiente popular los aires ligeros europeos que arribaban como polizones melódicos ocultos en el corazón de los soldados coloniales. Es de creer que estos aires se hayan difundidos rápidamente por su ritmo pegadizo y la mayor facilidad de su ejecución y retentiva.

La ausencia de datos que pudieran ofrecer asidero razonable a las diversas teorías, no permite establecer con exactitud en qué forma la anterior cultura musical, es decir, la autóctona, fue influida o desplazada por la foránea. Cabe, empero,- conjeturar que si efectivamente fue desplazada, le ocurrió igual cosa que al idioma autóctono: Fue a refugiarse en el fondo del alma indígena presidiendo como pauta oculta los sentimientos y el devenir psíquico, y manifestándose, a veces, con claros indicios, siempre viva y latente. Resalta clara que en el estadio de la evolución mestiza iba desenvolviéndose un nuevo producto resultante de la ecuación de los ingredientes nativos y exóticos.

La índole del presente ensayo preparado en escaso tiempo y sin previa labor de confrontación o de compulsa, así como lo limitado de su extensión, no me permiten abordar aspectos que estaban en relación directa con el asunto central. Quedan así mismo sin explicación, por momento algunos problemas esenciales, como por ejemplo, el porqué de la preeminencia de formas musicales eslavas, de las cuales sería expresión la polka tenida entre nosotros durante mucho tiempo como la autentica música nacional.

Los extensos y documentados trabajos de Víctor Montórfano sobre este aspecto particular, permiten administrar provisionalmente y como punto de partida para ulteriores indagaciones, que la polka y el galop constituyen nuestra modalidad ambiental con muy imperceptibles variantes. El mismo Montorfano cita al efecto, el hecho de que existe una composición eslava, de Michailovky, titulada: Polianska, cuyo primera parte es exactamente igual a la polka paraguaya Entre dos roimé, originalmente llamada Chiripepé. Esto, naturalmente, ocasiona la idea de plagio por ser la composición Michaislovky anterior a la paraguaya. “He aquí- agrega entonces el crítico a quien cité- la presencia de un caso que incita a serias investigaciones cuya raigambre debe hallarse en las ciencias antropológica, etnográfica y filológica, conducentes a su vez a escrupulosos estudios técnicos que, finalmente, tal vez nos aproximarían al descubrimiento de la formación cultural de los pueblos en lo que se refiere, sobre todo, al procedimiento originario y relación de la música entre ellos”.

Un trabajo significativo sería el del Dr. Wiesse, catedrático de Historia Critica, en el Perú, que a raíz del descubrimiento de la escala pentatónica de los Incas, se había ocupado de la teoría de Ameghino, en una conferencia titulada: “Las hipótesis del hombre autóctono americano”.

Sea de esto lo fuera, hallamos en realidad que, efectivamente, en nuestro país, no tendríamos una genuina música folklórica ni autóctona, fuera del auge de una música popular de raíces exóticas.

JOSÉ ASUNCIÓN FLORES se empeñó, en buscar nuestra genuina música folklórica porque sentía que le golpeaban unas secretas adivinaciones. Genial intuitivo, expresión arquetípica del medio y de la raza, artista verdadero, sus poderosas antenas psíquicas le orientaron hacia el hondón humano y hacia la naturaleza. Tras una consagración total y apasionante por la intensidad del esfuerzo, halló las vetas de las canteras sumidas en sombras de milenios. De ellos extrajo el material precioso para su obra que la entregó a su pueblo, mejor dicho, que la restituyó a su pueblo, puesto que de su misma esencia la había extraído.

La música de Flores, su Guarania, no es a pesar de todo exclusivamente autóctona, en el sentido de constituir una resurrección artificiosa de la música indígena, definitivamente extinguida en la noche de los tiempos. Es, sí folklórica. Hunde sus raíces en la esencia ancestral, pero está determinada por un anhelo de universalización, por un “templo” de dimensiones casi cósmico. De allí que ella ofrezca como arte y como interpretación del medio físico y del módulo humano, proyecciones indefinidas para una constante y simple ascendente evolución creadora. Tampoco es la estilización sinfónica, como algunos han pretendido afirmarlo, de la polka o del galop. Coincidentes en la distribución prosódica del ritmo (ritmo ternario), difieren en su estructura melódica y en su intención estética. El KYRE’Y, también de Flores, aproximase más a la polca y a al Galop en su genialidad formal, pero ya, a su vez, está indefectiblemente teñido de la influencia que le depara la revelación artística e interpretativa de la guarania.

A su nacimiento está vinculado, como se sabe, el nombre de uno de los más grandes poetas que tuvo nuestra patria: Manuel Ortíz Guerrero. Flores encontró en él, desde un comienzo, la comprensión y el apoyo fervoroso que provenían de una estrecha afinidad espiritual. Fue este un encuentro providencial. Entre duras vicisitudes emprendieron su labor artística estos dos geniales temperamentos. No tardaron en aparecer los detractores y los que, desde la placidez del áurea mediocritas empecinados calumniadores y traficantes del arte, creyeron tarea fácil aplastar a los dos jóvenes revolucionarios que irrumpían vestidos de magnifica gallardía. Negándole rotundamente todo merito innovador.

Sordos a la mueva tónica, y lo que es peor, obstinándose deliberadamente en no aproximarse a ella, siquiera fuese para conocerla de cerca, adjudicaron a la guarania las más diversas definiciones y los más variados epítetos denigrantes. El tiempo ya se encargó de borrarlo sobre la arena amarilla de la envidia. Hoy, de confín a confín de la patria, vibra la guarania como la expresión más pura del alma popular. Despierta la vocación de verdaderos artistas: cito un solo nombre, tal vez el más eminente de toda su generación, Francisco Alvarenga. Se escriben las partituras de modo tan perfecto que permiten su ejecución a artistas del extranjeros, con lo cual se realiza una función trascendental de confraternidad humana. Ya está cumplida, pues, aquella profecía del Dr. Viriato Díaz Pérez que vaticinaba: “Los ritmos paraguayos, sabias y honestamente folklorizados por maestros del terruño, podrán llevar allende fronteras el mensaje de nuestras florestas y el de nuestros corazones.”

Pero no sólo la guarania logra realizar esta función noblemente universalista que todo arte lleva involucrada; sino que como bien lo expresa Víctor Montórfano: “Ella, además, promueve la elevación del nivel de la cultura artística, capacitando al hombre del pueblo para la estimación de obras de mayor aliento estético y de superior complejidad técnica”.

Hasta ayer, no más, la música popular paraguaya era considerada con un simple concepto despectivo. En nuestro propio medio se la posponía a cualquier música extranjera. En la clásica y dulce costumbre de la serenata ciudadana, de las cuatro consabidas piezas, una sola podía ser polka. Era porque a ésta le faltaba, tal vez sin redención posible, la presencia intangible pero vívida y palpitante del alma del terruño. Hoy ya no ocurre igual cosa. En cualquier parte que se interprete la guarania o un Kyre’y, el más lego tiene la ineludible sensación de hallarse ante algo perfectamente serio. Esta música se ha elevado de golpe, por las propias excelencias de sus méritos, a un rango que sólo podrá abandonar para ocupar otro superior.

Si la guarania, como expresión de un arte avanzado, aunque sin separarse nunca de la tierra, del medio físico y humano que le da su sustentáculo, promueve cierto género de desarrollo estético, no es menos cierto que también despierta y aviva las fuentes de la bondad, de la perfección moral.

Yo puedo afirmar aquí, sin temor a ser desmentido, que nadie, después de haber escuchado una guarania ó un kyre’y, ha llevado el alma emponzoñada por un sentimiento impuro o por un fermento desapacible de maldad. No podría ser esto. Esta música nos trae la noble voz de la naturaleza. Ella nos refleja la angustia del hombre, su ansiedad metafísica, su incoercible anhelo de elevarse y transfundirse por el ensalmo místico con las fuentes de la bondad absoluta.

Pero no le falta tampoco el reverso, la contrafigura. Hemos dicho que la guarania es esencialmente descriptiva. Sin rebuscamientos, sin contorsiones, alcanza a sugerirnos con espontánea facilidad el detalle nimio, el dolor de los humildes el fremito del malestar social o el anhelo indomable de mejoramiento colectivo. Allí están para atestiguarlo: OBRERITO, AHENDU NDE SAPUCAI, GALLITO CANTOR, CARNE DE CAÑÓN y otras composiciones igualmente bellas y sugestivas.

Esta calidad descriptiva de la música nueva, de nuestra música, es la que la hace esencialmente diferente de la anterior, cuyas expresiones más eminentes eran la POLKA y el GALOP. Estas, con su limitada gama armónica no podían sino excitar cierto género de emoción estética constantemente repetida. Ello originaba el desarrollo incompleto de nuestra sensibilidad. Era como si sólo algunas fibras del ser recibieran la influencia de eso que yo quisiera llamar ahora luz del sonido, al tiempo que las demás cuerdas quedaban perpetuamente en sombra y en silencio. La guarania las ha redimido integralmente.

Tema, desarrollo sinfónico, sentimiento, poder descriptivo, sentido plástico, superposición de planos sensoriales, vitalidad, ritmo, gama cromática, escala tonal, todo eso fundido en el haz candente de la guarania, con una sola alma y un solo sueño, ha venido en la suave noche, a posarse cómo un pájaro fascinante en la más alta arista del alma. Y desde entonces, la hemos sentido subyugada por un maravilloso misterio. Y más pura y más humana y más buena que nunca.

GUARANIAS

BIOGRAFÍA DE JOSÉ ASUNCIÓN FLORES.

Nació en Asunción el 27 de agosto de 1904, hijo de Ma. Magdalenta Flores, una lavandera de los bajos del Cabildo asunceno. Se cree que su afición por la música la heredo de su padre, el guitarrista Juan Volta.

El propio maestro Flores refiere que su historia musical empezó “por robar un pedazo de pan” de un negocio de las cercanías de la parroquia de San Roque, donde, con otros niños, gustaba de corretear y jugar. Aquel mendrugo determinó que el niño fuera a parar a una comisaría y de allí, como “castigo”, en el caracter de aprendiz en la Banda de Música de la Policia, escuela de los mejores talentos de una generación de oro dentro de la música popular paraguaya.

Su primera composición, una alegre polca dedicada a su padrino, “Manuel Gondra”, data de 1922.

En 1925, experimentando sobre una vieja canción popular, “Maerãpa reikuaase”, logró llegar al género de la Guarania, ritmo que convierte al Paraguay en uno de los pocos países del planeta que tiene una música propia cuyo autor se conoce. El mismo Flores dirá, andando el tiempo, que “la Guarania es de mi pueblo, fue escrita para y por mi pueblo”. En 1928 conoció al poeta guaireño Manuel Ortiz Guerrero quien sería el autor de los versos de sus más famosas obras e influiría de manera decisiva en la vida personal del músico. Un año después recibió de manos del presidente de la Rca. Argentina el premio al mejor instrumentista del certamen internacional de Bandas realizado en Buenos Aires.

En 1932 se alistó en defensa de su patria y combatió en el frente de batalla en la guerra del Chaco contra Bolivia. Vivió en Buenos Aires, hacia la mitad de los años ’30, ocasión en la que formó una agrupación propia, la “Orquesta Ortiz Guerrero” con la cual, en 1934, grabaría un disco absolutamente antológico. en 1936, cuando el triunfo de la Revolución del 17 de febrero, regresó al país y fue designado director de la orquesta Folklórica Guaraní. Se desempeñó asimismo como profesor de la Escuela de Enseñanza Primaria Musical. Por avatares políticos tan propios del turbulento Paraguay de aquel tiempo, volvió al exilio en la Argentina. En su país, mientras tanto, sus guaranias alcanzaban gran popularidad y difusión y, en este marco, “India”, con letra inicial de Rigoberto Fontao Meza y luego con la definitiva de Ortíz Guerrero, se convertiría en “Canción Nacional” por decreto del año 1944.

En 1949 rechazó la condecoración “Orden Nacional del Mérito” en protesta contra el asesinato del joven estudiante Mariano Roque Alonso. Este hecho le valió, bajo el mote de “traidor a la patria” la imposibilidad absoluta de regresar al país durante el gobierno de Alfredo Stroessner (1954-1989). El ingreso se le negó incluso cuando ya muy enfermo y en los últimos años de su vida pidió retornar y establecerse en un pequeño rancho. Fue designado miembro del Consejo Mundial de la Paz. En 1954 comenzó una etapa de “jerarquización de la guarania” a partir del trabajo sinfónico sobre sus principales obras ya escritas y creando sus célebres poemas sinfónicos, Víctima del mal de Chagas, falleció José Asunción Flores en Buenos Aires, el 16 de mayo de 1972, tres meses antes de cumplir 68 años. (Fuente: http://www.musicaparaguaya.org.py/flores2000.html)

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Esta entrada fue publicada el 27/08/2012 por en Cultura, Especiales, Música, Noticias de Paraguay.
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